lunes, 17 de mayo de 2010

Cartas a mi titi negrita

Tu pelo negro oscuro brillaba con la luz del sol. Eras tan sólo una cría, pero la huella que habías dejado en mi corazón era tan grande que no sabía como reaccionaría si me obligaran a deshacerme de ti. Tus grandes ojitos amarillos y tu cara delgadita y suave me habían atraído desde el primer momento en el que te vi. Comida de polvo y escurrida por no haber comido en varios días llamaste mi atención cuando pasaba entre los coches aparcados. Me agaché y te llamé y fue una sorpresa cuando te acercaste a mí con un débil "Miau". Sin pensármelo te cogí y te subí a casa. Busqué por el recogido piso un cuenco y una poca de leche y comenzaste ansiosamente a comer. La noche transcurrió sin problemas.

Al día siguiente te di un baño con mi champú de avena. El agua calentita y una suave esponja hicieron maravillas en tu pelo y olías tan bien que te colmé de besos. Apenas eras como mi mano de grande y mientras dormías en el hueco de la estantería me di cuenta de que no quería separarme de ti nunca.

Mis compañeras de piso volvieron y la furia se reflejó en sus dos pares de ojos cuando se lo conté. No es que odiaran a los gatos, pero sus opiniones eran crueles y por eso decidí que me resbalarían. Durante una semana te cuidé manteniéndote en mi cuarto a salvo de miradas despiadas y tú me lo agradeciste con tu dulzura cuando volvía a casa tarde después de un día agotador. Te gustaba dormir detrás de mi impresora, menos cuando llegaba yo, que bajabas a mi cama y te acurrucabas sobre mí. Me hiciste compañía en los duros días de exámenes y siempre te estaré agradecida. Me costaste un piso y dos personas a las que creía que quería, pero tú valías más que eso. Ahora has crecido y vives libre en el campo y aún con lo pequeña que eres ya has tenido nueve maravillosos gatitos. Ojalá sean tan cariñosos como tú lo has sido conmigo. Estoy deseando volver a verte y cogerte entre mis brazos y comerte a besos como hacía antes. Cuídate mucho.

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