Al día siguiente te di un baño con mi champú de avena. El agua calentita y una suave esponja hicieron maravillas en tu pelo y olías tan bien que te colmé de besos. Apenas eras como mi mano de grande y mientras dormías en el hueco de la estantería me di cuenta de que no quería separarme de ti nunca.
Mis compañeras de piso volvieron y la furia se reflejó en sus dos pares de ojos cuando se lo conté. No es que odiaran a los gatos, pero sus opiniones eran crueles y por eso decidí que me resbalarían. Durante una semana te cuidé manteniéndote en mi cuarto a salvo de miradas despiadas y tú me lo agradeciste con tu dulzura cuando volvía a casa tarde después de un día agotador. Te gustaba dormir detrás de mi impresora, menos cuando llegaba yo, que bajabas a mi cama y te acurrucabas sobre mí. Me hiciste compañía en los duros días de exámenes y siempre te estaré agradecida. Me costaste un piso y dos personas a las que creía que quería, pero tú valías más que eso. Ahora has crecido y vives libre en el campo y aún con lo pequeña que eres ya has tenido nueve maravillosos gatitos. Ojalá sean tan cariñosos como tú lo has sido conmigo. Estoy deseando volver a verte y cogerte entre mis brazos y comerte a besos como hacía antes. Cuídate mucho.
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