
Tirada en el sofá y con el portátil sobre sus piernas cruzadas escribía lo que con mucha suerte sería el comienzo de su ilusionada novela. Una lenta ducha de agua calentita, un gel de avena de un olor delicioso, un exótico champú de karité y mango y una suave esponja acariciando su piel habían conseguido lo que desde hacía tanto tiempo necesitaba. Se había secado con tranquilidad y se había puesto su mejor pijama recién sacado del tendedero: su camiseta supergrande de tres tallas más y su pantalón corto de cuadros. Con la libertad que da estar sola en casa se había deshecho del sujetador y había cogido algunas cucharadas de una gran tarrina de helado de chocolate. Humm.. deliciosa..
Con “Redemption Song” de Bob Marley de fondo escribía y escribía en el teclado absorta en sus pensamientos. Pronto iría a la cama y estaba segura de que dormiría como un lirón y se despertaría a la mañana siguiente como una princesa. Por fin una noche de tranquilidad después de tanto tiempo. Con la enorme casa completamente vacía para ella disfrutaba cada minuto de la ansiada tranquilidad y se sentía feliz y con unas ganas increíbles de comerse el mundo al día siguiente. No sentía la necesidad de caerle bien a sus compañeras de piso y no hacerles sentirse incómodas con su presencia, por lo que se sentía agusto consigo misma y no pensaba en cosas innecesarias que en otras circunstancias le preocuparían demasiado. Oh, no, no podía dejar que las preocupaciones volvieran así que volvió a introducirse en su historia.
Después de varios bostezos decidió que era hora de apagar su portátil, se dirigió al baño donde, tras enjuagarse la cara, contempló sus pequeños ojos verdes y luego se acostó. La tranquilidad que irradiaba su cuerpo era envidiable.
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