viernes, 28 de mayo de 2010

¿Dejavu?

¿He vuelto al principio? Tirada en el sofá y con el portátil sobre sus piernas cruzadas escribía lo que con mucha suerte sería el principio de su ilusionada novela. Habían pasado los días, pero sentía como si el tiempo no hubiera avanzado nada, sin proponérselo había vuelto al comienzo.

Volvía a estar sola en casa, escribiendo las tonterías que se le ocurrían, con una peli de fondo a la que no le estaba mostrando demasiada atención y con su imaginación desbordándose a raudales. La misma tarrina de helado y el mismo vaso de leche semidesnatada vacío formaban la decoración de la mesa.

¿Podría hablarse de un dejavu? No, no lo era. Simplemente no había avanzado nada, su vida se encontraba estancada en el mismo punto confuso en el que se encontraba en un principio. ¿Merece entonces continuar con la vida? Esa es la cuestión.

lunes, 17 de mayo de 2010

Cartas a mi titi negrita

Tu pelo negro oscuro brillaba con la luz del sol. Eras tan sólo una cría, pero la huella que habías dejado en mi corazón era tan grande que no sabía como reaccionaría si me obligaran a deshacerme de ti. Tus grandes ojitos amarillos y tu cara delgadita y suave me habían atraído desde el primer momento en el que te vi. Comida de polvo y escurrida por no haber comido en varios días llamaste mi atención cuando pasaba entre los coches aparcados. Me agaché y te llamé y fue una sorpresa cuando te acercaste a mí con un débil "Miau". Sin pensármelo te cogí y te subí a casa. Busqué por el recogido piso un cuenco y una poca de leche y comenzaste ansiosamente a comer. La noche transcurrió sin problemas.

Al día siguiente te di un baño con mi champú de avena. El agua calentita y una suave esponja hicieron maravillas en tu pelo y olías tan bien que te colmé de besos. Apenas eras como mi mano de grande y mientras dormías en el hueco de la estantería me di cuenta de que no quería separarme de ti nunca.

Mis compañeras de piso volvieron y la furia se reflejó en sus dos pares de ojos cuando se lo conté. No es que odiaran a los gatos, pero sus opiniones eran crueles y por eso decidí que me resbalarían. Durante una semana te cuidé manteniéndote en mi cuarto a salvo de miradas despiadas y tú me lo agradeciste con tu dulzura cuando volvía a casa tarde después de un día agotador. Te gustaba dormir detrás de mi impresora, menos cuando llegaba yo, que bajabas a mi cama y te acurrucabas sobre mí. Me hiciste compañía en los duros días de exámenes y siempre te estaré agradecida. Me costaste un piso y dos personas a las que creía que quería, pero tú valías más que eso. Ahora has crecido y vives libre en el campo y aún con lo pequeña que eres ya has tenido nueve maravillosos gatitos. Ojalá sean tan cariñosos como tú lo has sido conmigo. Estoy deseando volver a verte y cogerte entre mis brazos y comerte a besos como hacía antes. Cuídate mucho.

Miedo

¿Por qué te escondes del mundo, Ana? –se preguntaba una y otra vez tirada en su cama de sábanas blancas-. ¿Por qué escapas del mundo y te encierras en tu solitaria habitación, el único lugar donde sabes con certeza que no te vas a encontrar a nadie? Hoy va a ser diferente, se había dicho aquella misma mañana, pero conforme iban saliendo estas palabras de su boca sabía que se engañaba. Se había pasado el día intentando hacer el menor ruido posible, escudriñando con los ojos bien abiertos y sólo si no sentía ninguna presencia cercana salía con un minucioso cuidado y sigilo. ¿Le convertían esas acciones en una persona egoísta, solitaria o peor aún, despreciable? ¿O simplemente era cobarde? No, por favor, no. No eres una persona despreciable -se decía a sí misma-, pero sabía que en el fondo sí que lo era.

Su padre siempre le había dicho que era una cobarde. ¿Por qué temes a enfrentarte a la gente? Tú misma formas parte de la gente, demuestra lo que vales. No huyas, no dejes que te pisoteen. Tienes 19 años, ¡espabila! Pero no se sentía capaz.

La habitación se iba quedando oscura conforme el sol iba ocultándose para darle paso a la luna y con ella a la fría noche. Su corazón se iba acelerando proporcionalmente a como se oscurecía la habitación. Se acerca mañana, Ana. No puedes permitirte pasar otro día como este, mañana tienes que salir. No, no puedo. Pero tienes que hacerlo, es tu obligación. Pero es que no puedo. Por favor, que esta noche no acabe nunca.

Jajajajajajajaja. Sus compañeras de piso se reían en el salón. Sentía cómo sus miradas se clavaban en ella cuando se las cruzaba. Notaba como sus expresiones se volvían en caras de ñu cuando aparecía, y cómo en el fondo de sus corazones sus lenguas bífidas parloteaban sin parar formulando maldades que enviaban como puñales a su asustado corazón. -¡Que os jodan!-. Sabía que en el momento en que se sintiera con fuerza para encararlas sería libre.

viernes, 14 de mayo de 2010

Felicidad



Tirada en el sofá y con el portátil sobre sus piernas cruzadas escribía lo que con mucha suerte sería el comienzo de su ilusionada novela. Una lenta ducha de agua calentita, un gel de avena de un olor delicioso, un exótico champú de karité y mango y una suave esponja acariciando su piel habían conseguido lo que desde hacía tanto tiempo necesitaba. Se había secado con tranquilidad y se había puesto su mejor pijama recién sacado del tendedero: su camiseta supergrande de tres tallas más y su pantalón corto de cuadros. Con la libertad que da estar sola en casa se había deshecho del sujetador y había cogido algunas cucharadas de una gran tarrina de helado de chocolate. Humm.. deliciosa..

Con “Redemption Song” de Bob Marley de fondo escribía y escribía en el teclado absorta en sus pensamientos. Pronto iría a la cama y estaba segura de que dormiría como un lirón y se despertaría a la mañana siguiente como una princesa. Por fin una noche de tranquilidad después de tanto tiempo. Con la enorme casa completamente vacía para ella disfrutaba cada minuto de la ansiada tranquilidad y se sentía feliz y con unas ganas increíbles de comerse el mundo al día siguiente. No sentía la necesidad de caerle bien a sus compañeras de piso y no hacerles sentirse incómodas con su presencia, por lo que se sentía agusto consigo misma y no pensaba en cosas innecesarias que en otras circunstancias le preocuparían demasiado. Oh, no, no podía dejar que las preocupaciones volvieran así que volvió a introducirse en su historia.

Después de varios bostezos decidió que era hora de apagar su portátil, se dirigió al baño donde, tras enjuagarse la cara, contempló sus pequeños ojos verdes y luego se acostó. La tranquilidad que irradiaba su cuerpo era envidiable.