
¿Por qué te escondes del mundo, Ana? –se preguntaba una y otra vez tirada en su cama de sábanas blancas-. ¿Por qué escapas del mundo y te encierras en tu solitaria habitación, el único lugar donde sabes con certeza que no te vas a encontrar a nadie? Hoy va a ser diferente, se había dicho aquella misma mañana, pero conforme iban saliendo estas palabras de su boca sabía que se engañaba. Se había pasado el día intentando hacer el menor ruido posible, escudriñando con los ojos bien abiertos y sólo si no sentía ninguna presencia cercana salía con un minucioso cuidado y sigilo. ¿Le convertían esas acciones en una persona egoísta, solitaria o peor aún, despreciable? ¿O simplemente era cobarde? No, por favor, no. No eres una persona despreciable -se decía a sí misma-, pero sabía que en el fondo sí que lo era.
Su padre siempre le había dicho que era una cobarde. ¿Por qué temes a enfrentarte a la gente? Tú misma formas parte de la gente, demuestra lo que vales. No huyas, no dejes que te pisoteen. Tienes 19 años, ¡espabila! Pero no se sentía capaz.
La habitación se iba quedando oscura conforme el sol iba ocultándose para darle paso a la luna y con ella a la fría noche. Su corazón se iba acelerando proporcionalmente a como se oscurecía la habitación. Se acerca mañana, Ana. No puedes permitirte pasar otro día como este, mañana tienes que salir. No, no puedo. Pero tienes que hacerlo, es tu obligación. Pero es que no puedo. Por favor, que esta noche no acabe nunca.
Jajajajajajajaja. Sus compañeras de piso se reían en el salón. Sentía cómo sus miradas se clavaban en ella cuando se las cruzaba. Notaba como sus expresiones se volvían en caras de ñu cuando aparecía, y cómo en el fondo de sus corazones sus lenguas bífidas parloteaban sin parar formulando maldades que enviaban como puñales a su asustado corazón. -¡Que os jodan!-. Sabía que en el momento en que se sintiera con fuerza para encararlas sería libre.